¿DESOBEDIENTE CIVIL?

¿DESOBEDIENTE CIVIL?

A veces –según algunos muy a menudo –el gobierno dicta normas que pueden ser calificadas de injustas. Ante ello, en teoría, la mayoría de la población, si comparte el calificativo de injusto para esa determinada ley o para esa determinada orientación política del gobierno, puede cambiarlo mediante el sistema electoral. Efectivamente, todo ello es en teoría, porque el poder se ejerce, y con él las maniobras necesarias para que asumamos  decisiones, que minutos antes nos parecieron inasumibles.

De esta forma, la teoría nos dice que la desobediencia civil es una forma de lucha apta para las minorías, ya que las mayorías tienen el cauce legal para realizar los cambios de lo que consideran injusto. Cuestión distinta es que la DC sea necesario, despierte simpatía o al menos falta de antipatía en la mayoría social para que tenga posibilidades de influir en un cambio de legislación o de orientación política del gobierno.

Sin embargo, la desobediencia civil precisa del apoyo en el derecho. Este apoyo puede ser en el derecho constitucional, en el internacional e incluso en el derecho natural. Es decir, precisa la desobediencia de la reivindicación de un derecho, el cual se suele encontrar reconocido por el gobierno, pero cercenado y desnaturalizado en su desarrollo, motivo por el cual se encuentra privado de su esencia y fundamento.

Al estar dirigida la desobediencia civil a un cambio concreto de la legislación o al cambio de una orientación política determinada, y necesitar para ello encontrar apoyo en un derecho, se dice que la desobediencia civil no supone una revolución y sí un sistema corrector dentro de un sistema democrático. Es decir, su ejercicio e incluso su triunfo no suponen un cambio total de valores -lo que supondría hacer una revolución-, y sí un ajuste dentro de un sistema democrático. Evidentemente, el cuestionamiento de la autoridad que supone el ejercicio de la desobediencia civil provoca una serie de cambios psicosociales, pero en ningún caso llegan a suponer un cambio radical de los valores imperantes.  De esta forma se dice que la desobediencia civil sirve, únicamente, para su ejercicio en los sistemas democráticos.

El circunscribir la DC a los sistemas democráticos suele venir determinado por la práctica y la oportunidad. De esta forma en los sistemas totalitarios la represión empleada por el gobierno suele guardar falta de proporcionalidad ante un gesto de DC, motivo por el cual no suele compensar al sujeto activista el realizar una acción desobediente teniendo en cuenta la desmesura de la respuesta del gobierno, colocando al sujeto desobediente en la necesidad de la utilización de otras formas de lucha. En definitiva, se habla del criterio de oportunidad.

En toda sociedad hay tres elementos a tener en cuenta: el gobierno, los policías y militares, y la sociedad civil. Cuando una minoría ejerce la lucha armada el efecto que produce es que esos tres elementos, el gobierno, los policías y la sociedad civil se unen y forman una unidad homogénea. En cambio, si se usa la desobediencia civil y se dirige su acción al gobierno, la acción de la desobediencia civil debiera ser tal, que permitiera el diálogo con los otros dos elementos del Estado, es decir, con las fuerzas armadas y con la sociedad civil, produciéndose una comunicación tendente a aislar al gobierno de los otros dos elementos, sugiriéndole así un cambio en su orientación política o legislativa.

Puede decirse, entonces, que la desobediencia subvierte, encontrándose el gobierno en la necesidad de realizar algo que invierta ese movimiento, y, generalmente, lo hace asimilando a esos movimientos, incluyéndolos en el Estado, y, en definitiva, realizando cuanto sea necesario para que ese movimiento no mantenga sus objetivos estratégicos naturales, privándole de que puede desplegar los efectos necesarios para pervivir y afecte sostenidamente en el tiempo a los tres elementos que componen la sociedad.

Si bien hay un concepto clásico de la DC, este concepto se ha extendido popularmente a casi cualquier manifestación de protesta social, y hay que reconocer, que aunque no se cumplan con los estándares de las campañas de desobediencia civil clásica, sí se ven cumplidos los procesos de evolución.

Hay procesos que se repiten con cierta periodicidad en distintos ámbitos. Es normal que existan tensiones en sociedades, que como la nuestra, fomenta la desigualdad, no soluciona los conflictos y, en consecuencia, se suceden constantemente problemas de gravedad, los cuales se hace necesario abordar. Cómo escenificar el final suele plantear muchos problemas y una manera habitual es que esos movimientos acaben convirtiéndose en un lobby.

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Y esto último, esta conversión, suele darse principalmente por la necesidad de sentirse cómodos socialmente muchos de los protagonistas de procesos sociales, los cuales van amoldándose a las desactivaciones que el Estado produce en sus filas, manteniendo esa comodidad, para en lugar de desaparecer convertirse en un lobby perteneciente por entero al sistema, el cual lejos de ser un faro o guía para la sociedad lo que hace es taponar, impidiendo la creación de espacios y en consecuencia de condiciones para la creación de algo “nuevo”.

Así pintada la cosa… parece que es tan necesario participar en logros y avances, como el saber retirarse cuando los objetivos estratégicos se ven como no posibles, pues se pasa a la gestión del problema, más que a su resolución. Cuando un objetivo estratégico no es alcanzable se considera se ha obtenido una derrota, por mucho que pese.

Ahora, se ha publicado la ley 1/2013, y «movimientos antisistémicos» han cedido ante amagos represivos del Estado encontrando en televisiones comerciales la plataforma de su comunicación, no se reivindica el derecho a la vivienda, el cual ha asimilado a su manera el gobierno, y se da por cerrada la equiparación entre el rescate económico a los bancos y la ayuda prestada a los hipotecados mediante esta última Ley 1/2013. ¿qué puede suceder a partir de ahora?

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